Noche de Ronda

Mostrando entradas con la etiqueta moguer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta moguer. Mostrar todas las entradas

viernes, 12 de diciembre de 2014

Centenario de "Platero y yo"



Centenario de "Platero y yo"


Platero y yo, la obra cúlmen de Juan Ramón Jiménez, cumple su centenario. Esta obra literaria es una de las más traducidas junto a El Quijote de Cervantes, y aunque pueda parecer literatura infantil, también está enfocada a un público adulto.

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negros.

Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: "¿Platero?", y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal.

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas, mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel.

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo (...)

Tien´asero, tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.
Mariposas blancas, la noche cae, brumosa y morada.
Vagas claridades malvas y verdes perduran tras la torre de la iglesia.
El camino sube, lleno de sombras, de campanillas, de fragancias de hierbas, de canciones, de cansancio y de anhelo.

De pronto, un hombre oscuro con una gorra y un pincho, roja un instante la cara fea por la luz del cigarro, baja a nosotros de una casucha miserable, perdida entre sacas de carbón.
Platero se amedrenta. ¿Ba argo?

- Vea usted... Mariposas blancas...

El hombre quiere clavar su pincho de hierro en el seroncillo y no lo evito. 
Abro la forja y él no ve nada.
Y el alimento ideal pasa, libre y cándido, sin pagar su tributo a los Consumos...
Juegos del anochecer. Cuando, en el crepúsculo del pueblo. Platero y yo entramos, ateridos, por la oscuridad morada de la calleja miserable que da al río seco, los niños pobres juegan a asustarse, fingiéndose mendigos. Uno se echa un saco a la cabeza, otro dice que no ve, otro se hace el cojo... 

Después, en ese brusco cambiar de la infancia, como llevan unos zapatos y un vestido, y como sus madres, ella saben cómo, les han dado algo de comer, se creen unos príncipes: 

- Mi pare tie un reló e plata. 

- Y er mío, un cabayo.

- Y er mío, una ejcopeta. 

Reloj que levantará a la madrugada, escopeta que no matará el hambre, caballo que llevará a la miseria...
El corro, luego. 
Entre tanta negrura, una niña forastera, que habla de otro modo, la sobrina del Pájaro Verde, con voz dévil, hilo de cristal acuoso en la sombra, canta entonadamente, cual una princesa: 

- Yo soy laaa viudita del Condeee de Orée...

¡SÍ, sí! Cantad, soñar, niños pobres!

Pronto, al amanecer vuestra adolescencia, la primavera os asustará, como un mendigo, enmascarada de invierno. 

- Vamos Platero...


Juan Ramón Jiménez






colores 




miércoles, 16 de abril de 2014

Iba tocando mi flauta



Iba tocando mi flauta


Iba tocando mi flauta 
a lo largo de la orilla; 
y la orilla era un reguero 
de amarillas margaritas. 

El campo cristaleaba 
tras el temblor de la brisa; 
para escucharme mejor 
el agua se detenía. 

Notas van y notas vienen, 
la tarde fragante y lírica 
iba, a compás de mi música, 
dorando sus fantasías, 

y a mi alrededor volaba, 
en el agua y en la brisa, 
un enjambre doble de 
mariposas amarillas. 

La ladera era de miel, 
de oro encendido la viña, 
de oro vago el raso leve 
del jaral de flores níveas; 

allá donde el claro arroyo 
da en el río, se entreabría 
un ocaso de esplendores 
sobre el agua vespertina... 

Mi flauta con sol lloraba 
a lo largo de la orilla; 
atrás quedaba un reguero 
de amarillas margaritas... 


Juan Ramón Jiménez

(1881-1958)




colores 

miércoles, 14 de agosto de 2013

Un jardín que nos consuele



Un jardín que nos consuele 

Lentamente 

Cuando el corazón nos duele 
por causa de una mujer, 
qué dulce es poder tener 
un jardín que nos consuele! 

A veces, una violeta, 
en la más larga avenida, 
es buena para la herida 
de un corazón de poeta. 

Es la fragancia, que envuelve 
la pena del corazón, 
que hace cantar la canción 
de lo que ya nunca vuelve... 

Brisa triste, brisa en calma 
de mi jardín florecido, 
¿dónde encuentras ese olvido 
que pones sobre mi alma? 

Di, brisa ¿en qué blanco cielo, 
en qué fuentes, en qué lumbres 
recoges tus mansedumbres 
y tus voces de consuelo? 

...Pues que tan triste frescor 
tienes, violeta, y tú, brisa, 
¿a qué quiero la sonrisa 
de sus dos labios en flor? 

¡Qué dulce es poder tener 
un jardín que nos consuele, 
cuando el corazón nos duele 
por causa de una mujer¡ 


Juan Ramón Jiménez

(1881-1958)








miércoles, 6 de marzo de 2013

La rosa azul



La rosa azul

¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía! 
Se me torna celeste la mano, me contagio de otra poesía 
Y las rosas de olor, que pongo como ella las ponía, exaltan su color; 
y los bellos cojines, que pongo como ella los ponía, florecen sus jardines; 
Y si pongo mi mano -como ella la ponía- en el negro piano, 
surge como en un piano muy lejano, mas honda la diaria melodía. 

¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía! 
me inclino a los cristales del balcón, con un gesto de ella 
y parece que el pobre corazón no está solo. 
Miro al jardín de la tarde, como ella, 
y el suspiro y la estrella se funden en romántica armonía. 

¡Que goce triste este de hacer todas las cosas como ella las hacía! 
Dolorido y con flores, voy, como un héroe de poesía mía. 
Por los desiertos corredores que despertaba ella con su blanco paso, 
y mis pies son de raso -¡oh! Ausencia hueca y fría!- 
y mis pisadas dejan resplandores. 

Juan Ramón Jiménez

(1881-1958)


martes, 30 de octubre de 2012

El poeta a caballo


El poeta a caballo 

¡Qué tranquilidad violeta, 
por el sendero, a la tarde! 
A caballo va el poeta... 
¡Qué tranquilidad violeta! 

La dulce brisa del río, 
olorosa a junco y agua, 
le refresca el señorío... 
La brisa leve del río... 

A caballo va el poeta... 
¡Qué tranquilidad violeta! 

Y el corazón se le pierde, 
doliente y embalsamado, 
en la madreselva verde... 
Y el corazón se le pierde... 

A caballo va el poeta... 
¡Qué tranquilidad violeta! 

Se esté la orilla dorando... 
El último pensamiento 
del sol la deja soñando... 
Se está la orilla dorando... 

¡Qué tranquilidad violeta, 
por el sendero, a la tarde! 
A caballo va el poeta... 
¡Qué tranquilidad violeta! 

Juan Ramón Jiménez

(1.881-1.958)





Free Dino MySpace Cursors at www.totallyfreecursors.com