Noche de Ronda

Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de diciembre de 2013

El año que Mamá Noel repartió los regalos de Navidad




El año que Mamá Noel repartió los regalos de Navidad   

    
Podría decir de este cuento que así fue, porque así me lo contaron, pero... a los hechos me remito. Como sabéis en Laponia, donde vive Papá Noel, hace un frío terrible, te castañetean los dientes, algunos días se te pegan las pestañas; de los techos de las casas cuelgan unas incisivas y larguísimas estalactitas. En fin... Cabe imaginar que en lugar tan maravilloso como inhóspito, las ardillas usan guantes; los lobos, lustrosas botas de cuero; y los renos, unos graciosos gorros rojos con orlas blancas, que acaban en su punta con un gracioso pompón. ¡Pero qué os voy a contar que no sepáis! O... ¿no sois vosotros de los primeros en salir hacia los mercadillos navideños de las plazas de vuestros pueblos y ciudades, y allí miráis encantados las figuras del Belén, las zambombas, las bolsas de confeti, la nieve artificial... hasta que... lo inevitable, volvéis al hogar con uno de esos maravillosos gorros rojos y blancos sobre vuestras cabezas?

    Pues... lo que iba a contaros: a punto estaba de llegar a Laponia como a todo el mundo el día de Navidad y Papá Noel amaneció con tos y fiebre.
   
    — Es gripe — decía con los ojos llorosos. Y muy preocupado añadía...— ¡Qué va a ser de mis niñitas y niñitos! ¿Quién repartirá las ilusiones y esperanzas, tantos regalos como ellos esperan?
   
    — Yo — gritó una vocecita pequeña y delgada como un airecillo primaveral que llegaba de la cocina. Papá Noel, pensó en un ratoncito. Lo había visto hacía tiempo protegiéndose del frío del invierno junto a la cocina de leña.
    
    — Yo — repitió la vocecita... que acercándose a Papá Noel, le trajo un gran vaso de leche con miel y un pastelillo — Yo lo haré.

    Papá Noel escuchó sin decir nada. Y Mamá Noel, repitió:
   
 — Yo lo haré...
   
    Bueno, la verdad es que a Papá Noel ese cambio no le agradó mucho; él, se llevaba los honores; él recibía las cartas de millones de niñas y niños; de él se hablaba en todos los telediarios y periódicos del mundo...
  
  — Está bien — refunfuñó —, está bien. Los tiempos han cambiado. Lo reconozco. He de reconocerlo. Me parece... justo.
   
 Entonces Mamá Noel, consolándole, dijo:
   
   — No te preocupes, Papá. No lo notarán. Llevaré tu traje, me pondré un almohadón para imitar tu barriga y... ¡Hasta una barba postiza!
   
 Fuera, el trineo estaba preparado. Sonaban los cascabelillos de los arneses y los renos se movían ansiosos y expectantes. Nevaba y de los pinos caían espontáneos puñados de nieve.
   
   — No, no es justo — reflexionó Papá Noel —. No puedo permitirlo. Tú eres tú.

   Entonces Mamá Noel, dijo:

   — Bien, bien... Veo que los dos estábamos preparados para este cambio...
   
   — ¡Atchiss! — contestó Papá Noel.
   
 Mamá Noel comenzó a vestir su propio traje. No se ajustó barba, ni tripa, ni cargó un saco gigante lleno de juguetes sobre su espalda como para demostrar cuán fuerte era para su edad. Se miró al espejo... No estaba mal. Era mayor, pero su rostro reflejaba serenidad. Entonces, mirando a Papá Noel, se despidió:
  
  — Es hora de marchar.
  
  — Sí — dijo él.
  
  — Volveré pronto — susurró ella — dándole un cariñoso beso en la mejilla.
  
  — Te estaré esperando.
   
    Así fue como Mamá Noel, repartió los regalos de Navidad, pero... ¡Siempre hay un pero! Sólo algunas personas, las que esperaban el maravilloso acontecimiento de ver aparecer algún día a Mamá Noel, la vieron, y fueron muy dichosos. Llamaron a las agencias de noticias y, al día siguiente, la noticia que podía oírse y leerse en los noticiarios y en los periódicos, era: «Mamá Noel repartió los juguetes de este año». «Mamá Noel hizo las delicias de los niños». «El nuevo siglo nos ha traído a Mamá Noel».

    Pero Mamá Noel no pensaba sólo en esto, aunque la hacía muy feliz, sino en cómo estaría Papá Noel recuperándose de su gripe.

    Cuando llegó a su casa de Laponia, y no os cuento ¡cuán cansados estaban los renos y Mamá Noel!, se encontró a Papá Noel cantando y amasando pastelillos en la cocina.

   — Hola cielo — dijo ella.
   
   — Hola, mi amor — contestó él.
   
 Era la primera vez que Papá Noel cocinaba. Además, había lavado la ropa y ordenado la casa.
  
  Juntos leyeron las noticias de los periódicos, y de todas ellas, la que más les gustó, fue una que decía: «El año que viene, las niñas y niños del mundo, podrán escribir — indistintamente — a Mamá y a Papá Noel».
   
 ¡Lo habían conseguido entre todos! Los cambios en las personas y en las vidas, son así... Primero un deseo, un sueño, una posibilidad; luego, una realidad, y cuando esto sucede... ¡Qué maravilloso el aire de fraternidad que respiran las personas, y qué maravillosa la luz que parece irradiar el mundo!


Pilar Alberdi










miércoles, 4 de enero de 2012

El soldadito de plomo



El soldadito de plomo 


Érase una vez un niño que tenía muchísimos juguetes. Los guardaba todos en su habitación y, durante el día, pasaba horas y horas felices jugando con ellos.

Uno de sus juegos preferidos era el de hacer la guerra con sus soldaditos de plomo. Los ponía enfrente unos de otros, y daba comienzo a la batalla. Cuando se los regalaron, se dio cuenta de que a uno de ellos le faltaba una pierna a causa de un defecto de fundición.

No obstante, mientras jugaba, colocaba siempre al soldado mutilado en primera línea, delante de todos, incitándole a ser el más aguerrido. Pero el niño no sabía que sus juguetes durante la noche cobraban vida y hablaban entre ellos, y a veces, al colocar ordenadamente a los soldados, metía por descuido el soldadito mutilado entre los otros juguetes.

Y así fue como un día el soldadito pudo conocer a una gentil bailarina, también de plomo. Entre los dos se estableció una corriente de simpatía y, poco a poco, casi sin darse cuenta, el soldadito se enamoró de ella. Las noches se sucedían deprisa, una tras otra, y el soldadito enamorado no encontraba nunca el momento oportuno para declararle su amor. Cuando el niño lo dejaba en medio de los otros soldados durante una batalla, anhelaba que la bailarina se diera cuenta de su valor por la noche , cuando ella le decía si había pasado miedo, él le respondía con vehemencia que no.

Pero las miradas insistentes y los suspiros del soldadito no pasaron inadvertidos por el diablejo que estaba encerrado en una caja de sorpresas. Cada vez que, por arte de magia, la caja se abría a medianoche, un dedo amonestante señalaba al pobre soldadito.

Finalmente, una noche, el diablo estalló.
-¡Eh, tú!, ¡Deja de mirar a la bailarina!
El pobre soldadito se ruborizó, pero la bailarina, muy gentil, lo consoló:
-No le hagas caso, es un envidioso. Yo estoy muy contenta de hablar contigo.
Y lo dijo ruborizándose.

¡Pobres estatuillas de plomo, tan tímidas, que no se atrevían a confesarse su mutuo amor!

Pero un día fueron separados, cuando el niño colocó al soldadito en el alféizar de una ventana.

-¡Quédate aquí y vigila que no entre ningún enemigo, porque aunque seas cojo bien puedes hacer de centinela!-

El niño colocó luego a los demás soldaditos encima de una mesa para jugar.

Pasaban los días y el soldadito de plomo no era relevado de su puesto de guardia.
Una tarde estalló de improviso una tormenta, y un fuerte viento sacudió la ventana, golpeando la figurita de plomo que se precipitó en el vacío. Al caer desde el alféizar con la cabeza hacia abajo, la bayoneta del fusil se clavó en el suelo. El viento y la lluvia persistían. ¡Una borrasca de verdad! El agua, que caía a cántaros, pronto formó amplios charcos y pequeños riachuelos que se escapaban por las alcantarillas. Una nube de muchachos aguardaba a que la lluvia amainara, cobijados en la puerta de una escuela cercana. Cuando la lluvia cesó, se lanzaron corriendo en dirección a sus casas, evitando meter los pies en los charcos más grandes. Dos muchachos se refugiaron de las últimas gotas que se escurrían de los tejados, caminando muy pegados a las paredes de los edificios.

Fue así como vieron al soldadito de plomo clavado en tierra, chorreando agua.

-¡Qué lástima que tenga una sola pierna! Si no, me lo hubiera llevado a casa -dijo uno.

-Cojámoslo igualmente, para algo servirá -dijo el otro, y se lo metió en un bolsillo.

Al otro lado de la calle descendía un riachuelo, el cual transportaba una barquita de papel que llegó hasta allí no se sabe cómo.

-¡Pongámoslo encima y parecerá marinero!- dijo el pequeño que lo había recogido.

Así fue como el soldadito de plomo se convirtió en un navegante. El agua vertiginosa del riachuelo era engullida por la alcantarilla que se tragó también a la barquita. En el canal subterráneo el nivel de las aguas turbias era alto.

Enormes ratas, cuyos dientes rechinaban, vieron como pasaba por delante de ellas el insólito marinero encima de la barquita zozobrante. ¡Pero hacía falta más que unas míseras ratas para asustarlo, a él que había afrontado tantos y tantos peligros en sus batallas!

La alcantarilla desembocaba en el río, y hasta él llegó la barquita que al final zozobró sin remedio empujada por remolinos turbulentos.

Después del naufragio, el soldadito de plomo creyó que su fin estaba próximo al hundirse en las profundidades del agua. Miles de pensamientos cruzaron entonces por su mente, pero sobre todo, había uno que le angustiaba más que ningún otro: era el de no volver a ver jamás a su bailarina...

De pronto, una boca inmensa se lo tragó para cambiar su destino. El soldadito se encontró en el oscuro estómago de un enorme pez, que se abalanzó vorazmente sobre él atraído por los brillantes colores de su uniforme.

Sin embargo, el pez no tuvo tiempo de indigestarse con tan pesada comida, ya que quedó prendido al poco rato en la red que un pescador había tendido en el río.
Poco después acabó agonizando en una cesta de la compra junto con otros peces tan desafortunados como él. Resulta que la cocinera de la casa en la cual había estado el soldadito, se acercó al mercado para comprar pescado.

-Este ejemplar parece apropiado para los invitados de esta noche -dijo la mujer contemplando el pescado expuesto encima de un mostrador.

El pez acabó en la cocina y, cuando la cocinera la abrió para limpiarlo, se encontró sorprendida con el soldadito en sus manos.

-¡Pero si es uno de los soldaditos de...! -gritó, y fue en busca del niño para contarle dónde y cómo había encontrado a su soldadito de plomo al que le faltaba una pierna.

-¡Sí, es el mío! -exclamó jubiloso el niño al reconocer al soldadito mutilado que había perdido.

-¡Quién sabe cómo llegó hasta la barriga de este pez! ¡Pobrecito, cuantas aventuras habrá pasado desde que cayó de la ventana!- Y lo colocó en la repisa de la chimenea donde su hermanita había colocado a la bailarina.

Un milagro había reunido de nuevo a los dos enamorados. Felices de estar otra vez juntos, durante la noche se contaban lo que había sucedido desde su separación.

Pero el destino les reservaba otra malévola sorpresa: un vendaval levantó la cortina de la ventana y, golpeando a la bailarina, la hizo caer en el hogar.

El soldadito de plomo, asustado, vio como su compañera caía. Sabía que el fuego estaba encendido porque notaba su calor. Desesperado, se sentía impotente para salvarla.

¡Qué gran enemigo es el fuego que puede fundir a unas estatuillas de plomo como nosotros! Balanceándose con su única pierna, trató de mover el pedestal que lo sostenía. Tras ímprobos esfuerzos, por fin también cayó al fuego. Unidos esta vez por la desgracia, volvieron a estar cerca el uno del otro, tan cerca que el plomo de sus pequeñas peanas, lamido por las llamas, empezó a fundirse.

El plomo de la peana de uno se mezcló con el del otro, y el metal adquirió sorprendentemente la forma de corazón.

A punto estaban sus cuerpecitos de fundirse, cuando acertó a pasar por allí el niño. Al ver a las dos estatuillas entre las llamas, las empujó con el pie lejos del fuego. Desde entonces, el soldadito y la bailarina estuvieron siempre juntos, tal y como el destino los había unido: sobre una sola peana en forma de corazón.

Fin.

Hans Christian Andersen


martes, 3 de enero de 2012

La liebre y la tortuga



La liebre y la tortuga


En el centro del bosque había un amplio círculo, libre de árboles, en el que los animales que habitaban aquellos contornos celebraban toda clase de competiciones deportivas.

En el centro de un grupo de animales hablaba la bonita y elegante Esmelinda, la liebre:

- Soy veloz como el viento, y no hay nadie que se atreva a competir conmigo en velocidad.

Un conejito gris insinuó, soltando la carcajada y hablando con burlona ironía:

- Yo conozco alguien que te ganaría...

- ¿Quien? - Preguntó Esmelinda, sorprendida e indignada a la vez.

- ¡La tortuga! ¡La tortuga!

Todos los allí reunidos rompieron a reír a carcajadas, y entre las risotadas se oyeron gritos de: "¡La tortuga y la liebre en carrera! ¡Frente a frente!

En el centro del grupo la liebre alzó su mano para ordenar silencio.

- ¡Qué cosas se os ocurren! Yo soy el animal más veloz del bosque y nadie sería capaz de alcanzarme.

Y se alejó del lugar tan rápidamente como si tuviera alas en los pies. La liebre se dirigió al mercado de lechugas, pues la tortuga era vendedora de la mencionada mercancía, y se aproximó a la tortuga contoneándose:

- Hola tortuguita, vengo a proponerte que el domingo corras conmigo en la carrera.

La tortuga se le quedó mirando boquiabierta.

- ¡Tú bromeas! Yo soy muy lenta y la carrera no tendría emoción. Aunque, ¡quién sabe!

- ¿Como? Pobre animalucho. Supongo que no te imaginarás competir conmigo. Apostaría cualquier cosa a que no eres capaz.

- Iré el domingo a la carrera.

Una vieja tortuga le dijo:

- Tu eres lenta pero constante...; la liebre veloz, pero inconstante ve tranquila y suerte, tortuguita.

El domingo amaneció un día espléndido. En el campo de los deportes reinaba una gran algarabía.

- ¡Vamos, retírate! - le gritaban algunos a la tortuga. Pero la tortuga, aunque avergonzada no se retiró.

La liebre, después de recorrer un trecho se echó a dormir y cuando despertó siguió riendo porque la tortuga llegaba entonces a su lado.

- ¡Anda, sigue, sigue! Te doy un kilómetro de ventaja. Voy a ponerme a merendar.

La liebre se sentó a merendar y a charlar con algunos amigos y cuando le pareció se dispuso a salir tras la tortuga, a quien ya no se la veía a lo lejos.

Pero, ¡ay!, la liebre había sido excesivamente optimista y menospreciado en demasía el caminar de la tortuga, porque cuando quiso darle alcance ya llegaba a la meta y ganaba el premio.

Fue un triunfo inolvidable en el que el sabio consejo de una anciana y la preciosa virtud de la constancia salieron triunfales una vez más.

FIN

Cuentos Clásicos

Walt Disney

lunes, 2 de enero de 2012

El muñeco de chocolate



El muñeco de chocolate

Erase que se era un muñeco de chocolate sentado en el supermercado al lado del Colgate. Era este muñeco un muñeco glotón y siempre devoraba lo que había alrededor Si las bolsas de patatas llegaban hasta su lado en un minuto y medio las había devorado Lo mismo con las galletas con las pastas y el turrón. Este muñeco pequeño estaba hecho un gordinflón. Un día su mamá muy seriamente le advirtió. -¡No comas más porquerías que van a darte dolor! Pero el muñeco desobediente ni siquiera la escuchó y cuando un dependiente a su estante acercó unas latas de conservas sin dudar se las zampó. -¡Que dolor pasó esa noche! ¡Su estómago cuanto sufrió! Su madre ya le había advertido y toda la noche se lo recordó. A la mañana siguiente que era día de Navidad, su madre para escarmentarlo lo mandó a viajar. -¡Te vas a casa de la tía! Allí aprenderás a no comer noche y día, a no devorar más. El pobre muñequito a esa casa marchó y aunque estaba castigado estupendamente lo pasó. Había mucho ambiente en aquella habitación en la que inmediatamente su tía cuando llegó lo colgó. Aunque no podía seguir siendo glotón allí se divertiría y jugaría un montón.

Fin. 

Cuentos  Populares. 



El Rey de chocolate

Hubo un Rey en un castillo
con murallas de membrillo,
con sus patios de almendrita,
y sus torres de turrón.

Era el Rey de Chocolate
con nariz de cacahuate,
y a pesar de ser tan dulce
tenía amargo el corazón.

La Princesa Caramelo
no quería vivir con él,
pues al Rey en vez de pelo
le brotaba pura miel.

Aquel Rey al ver su suerte
comenzó a llorar tan fuerte,
que, al llorar, tiró el castillo
y un merengue lo aplastó.

En los bosques del castillo
han sembrado un gran barquillo,
y lo riegan tempranito
con refrescos de limón.

En el lago la cascada
es de azúcar granulada,
y el arroyo, en vez de piedras,
va arrastrando colación.

La Princesa Caramelo
a su paje Pirulí
lo mandó con el monarca
a decir por fin que sí.

El Marqués de Piloncillo,
mayordomo del castillo,
lo ha limpiado con la lengua
para que se case el Rey.




viernes, 30 de diciembre de 2011

El paquetito de regalo


El paquetito de regalo

Érase que se era un paquete de regalo. No era un paquete corriente, era un paquete empachado. Rezaba en su etiqueta que era un paquete para gatos y alguien sin ninguna prudencia le metió un objeto muy raro. Una flauta travesera, había en su interior. una flauta de madera que pesaba un montón. El pobre paquetito comenzó a sentir escozor Era la flauta de madera un objeto superior. El vientre del paquetito sentía mucho dolor, causado por la madera alojada en su interior. -¡Esto es espantoso!- -exclamó el paquete empachado. -O me tomo una manzanilla, o vomito en cualquier lado. Ni un poco de manzanilla pudo el paquete encontrar y no le parecía adecuado ponerse a vomitar. Por eso cuando de lado estaba el jefe del local, sacó del estómago la flauta y la cambió por un dedal. Quedó encantado el paquetito y sinceramente sonrió cuando se le acercó un gatito y sin dudar lo compró. Ahora está en la sala sentado junto al gato y sonríe satisfecho como todo buen regalo.


FIN 


Cuentos Populares 




Regalito

Tengo un regalito, es una cosa muy bonita que te guardo
Cuando tu quieras, me lo dices te lo muestro
Sé que te va a gustar, sé que te va a gustar
Sé que te va a gustar mi regalito
No sabes lo bien que te lo guardo
Lo tengo empacado hace rato
Lo quiero entregar, lo quiero entregar
Lo quiero entregar mi regalito
Dime cuándo y dónde puedo entregarte éste regalito
La verdad es que no puedo comprenderte más
Adivina lo que es
Y te regalaré otros diez pedazos de éste humilde corazón
(Mi regalito)
Se destapa si tu dices: "Venga cariño mío,
Deme ese regalito pues..."
Tengo un regalito, es una cosa muy bonita que te guardo
Cuando tu quieras, me lo dices te lo muestro
Sé que te va a gustar, sé que te va a gustar
Sé que te va a gustar mi regalito
Lo bien que te lo guardo, hace rato
Lo quiero entregar, lo quiero entregar
Lo quiero entregar mi regalito
Dime cuándo y dónde puedo entregarte éste regalito
Cierra bien tus ojos y adivina lo que es éste regalito
La verdad es que no puedo comprenderte más
Adivina lo que es
Y te regalaré otros diez pedazos de éste humilde corazón
(Mi regalito)
Se destapa si tu dices: "Venga cariño mío,
Deme ese regalito pues..."
Adivina lo que es
Y te regalaré otros diez pedazos de éste humilde corazón
(Mi regalito)
Se destapa si tu dices: "Venga cariño mío,
Deme ese regalito pues..."



lunes, 26 de diciembre de 2011

La princesa y el guisante



La princesa del guisante

Érase una vez un príncipe que quería casarse con una princesa, pero que fuese una princesa de verdad. En su busca recorrió todo el mundo, mas siempre había algún pero. Princesas había muchas, mas nunca lograba asegurarse de que lo fueran de veras; cada vez encontraba algo que le parecía sospechoso. Así regresó a su casa muy triste, pues estaba empeñado en encontrar a una princesa auténtica.
Una tarde estalló una terrible tempestad; se sucedían sin interrupción los rayos y los truenos, y llovía a cántaros; era un tiempo espantoso. En éstas llamaron a la puerta de la ciudad, y el anciano Rey acudió a abrir.

Una princesa estaba en la puerta; pero ¡santo Dios, cómo la habían puesto la lluvia y el mal tiempo! El agua le chorreaba por el cabello y los vestidos, se le metía por las cañas de los zapatos y le salía por los tacones; pero ella afirmaba que era una princesa verdadera.

"Pronto lo sabremos", pensó la vieja Reina, y, sin decir palabra, se fue al dormitorio, levantó la cama y puso un guisante sobre la tela metálica; luego amontonó encima veinte colchones, y encima de éstos, otros tantos edredones.

En esta cama debía dormir la princesa.

Por la mañana le preguntaron qué tal había descansado.

-¡Oh, muy mal! -exclamó-. No he pegado un ojo en toda la noche. ¡Sabe Dios lo que habría en la cama! ¡Era algo tan duro, que tengo el cuerpo lleno de cardenales! ¡Horrible!.

Entonces vieron que era una princesa de verdad, puesto que, a pesar de los veinte colchones y los veinte edredones, había sentido el guisante. Nadie, sino una verdadera princesa, podía ser tan sensible.

El príncipe la tomó por esposa, pues se había convencido de que se casaba con una princesa hecha y derecha; y el guisante pasó al museo, donde puede verse todavía, si nadie se lo ha llevado.

Esto sí que es una bonita historia, ¿verdad?

FIN

Hans Christian Andersen

Free Dino MySpace Cursors at www.totallyfreecursors.com