Noche de Ronda

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sábado, 10 de mayo de 2014

Las manos




Las manos   


Mira tu mano, que despacio se mueve, 
transparente, tangible, atravesada por la luz, 
hermosa, viva, casi humana en la noche. 
Con reflejo de luna, con dolor de mejilla, con vaguedad de sueño 
mírala así crecer, mientras alzas el brazo, 
búsqueda inútil de una noche perdida, 
ala de luz que cruzando en silencio 
toca carnal esa bóveda oscura.

 No fosforece tu pesar, no ha atrapado 
ese caliente palpitar de otro vuelo. 
Mano volante perseguida: pareja. 
Dulces, oscuras, apagadas, cruzáis.

 Sois las amantes vocaciones, los signos 
que en la tiniebla sin sonido se apelan. 
Cielo extinguido de luceros que, tibios, 
campo a los vuelos silenciosos te brindas.

 Manos de amantes que murieron, recientes, 
manos con vida que volantes se buscan 
y cuando chocan y se estrechan encienden 
sobre los hombres una luna instantánea.


Vicente Aleixandre


(1898-1984)



lunes, 20 de enero de 2014

El Vals



El Vals


Eres hermosa como la piedra, 
oh difunta; 
Oh viva, oh viva, eres dichosa como la nave. 
Esta orquesta que agita 
mis cuidados como una negligencia, 
como un elegante bendecir de buen tono, 
ignora el vello de los pubis, 
ignora la risa que sale del esternón como una gran batuta.

Unas olas de afrecho, 
un poco de serrín en los ojos, 
o si acaso en las sienes, 
o acaso adornando las cabelleras; 
unas faldas largas hechas de colas de cocodrilos; 
unas lenguas o unas sonrisas hechas con caparazones de cangrejos. 
Todo lo que está suficientemente visto 
no puede sorprender a nadie.

Las damas aguardan su momento sentadas sobre una lágrima, 
disimulando la humedad a fuerza de abanico insistente. 
Y los caballeros abandonados de sus traseros 
quieren atraer todas las miradas a la fuerza hacia sus bigotes.

Pero el vals ha llegado. 
Es una playa sin ondas, 
es un entrechocar de conchas, de tacones, de espumas o de dentaduras postizas. 
Es todo lo revuelto que arriba.

Pechos exuberantes en bandeja en los brazos, 
dulces tartas caídas sobre los hombros llorosos, 
una languidez que revierte, 
un beso sorprendido en el instante que se hacía «cabello de ángel», 
un dulce «sí» de cristal pintado de verde.

Un polvillo de azúcar sobre las frentes 
da una blancura cándida a las palabras limadas, 
y las manos se acortan más redondeadas que nunca, 
mientras fruncen los vestidos hechos de esparto querido.

Las cabezas son nubes, la música es una larga goma, 
las colas de plomo casi vuelan, y el estrépito 
se ha convertido en los corazones en oleadas de sangre, 
en un licor, si blanco, que sabe a memoria o a cita.

Adiós, adiós, esmeralda, amatista o misterio; 
adiós, como una bola enorme ha llegado el instante, 
el preciso momento de la desnudez cabeza abajo, 
cuando los vellos van a pinchar los labios obscenos que saben. 
Es el instante, el momento de decir la palabra que estalla, 
el momento en que los vestidos se convertirán en aves, 
las ventanas en gritos, 
las luces en ¡socorro! 
y ese beso que estaba (en el rincón) entre dos bocas 
se convertirá en una espina 
que dispensará la muerte diciendo: 
Yo os amo.


Vicente Aleixandre

(1898-1984)





jueves, 24 de octubre de 2013

Como la mar, los besos



Como la mar, los besos


No importan los emblemas
ni las vanas palabras que son un soplo sólo.
Importa el eco de lo que oí y escucho.
Tu voz, que muerta vive, como yo que al pasar
aquí aún te hablo.
Eras más consistente,
más duradera, no porque te besase,
ni porque en ti asiera firme a la existencia.
Sino porque como la mar
después que arena invade temerosa se ahonda.
En verdes o en espumas la mar, se aleja.
Como ella fue y volvió tú nunca vuelves.

Quizá porque, rodada
sobre playa sin fin, no pude hallarte.
La huella de tu espuma,
cuando el agua se va, queda en los bordes.

Sólo bordes encuentro. Sólo el filo de voz que
en mí quedara.
Como un alga tus besos.
Mágicos en la luz, pues muertos tornan.


Vicente Aleixandre

(1898-1984)



domingo, 26 de mayo de 2013

Si miro tus ojos



Si miro tus ojos

Si miro tus ojos,
si acerco a tus ojos los míos,
¡oh, cómo leo en ellos retratado todo el pensamiento de mi soledad!
Ah, mi desconocida amante a quien día a día estrecho en los brazos.
Cuán delicadamente beso despacio, despacísimo,secretamente en tu piel
la delicada frontera que de mí te separa.
Piel preciosa, tibia, presentemente dulce, invisiblemente cerrada
que tiene la contextura suave, el color, la entrega de la fina
decir: "Tuya soy, heme
entregada al ser que adoro
como una hoja leve, apenas resistente, toda aroma bajo sus labios frescos".
Pero no. Yo la beso, a tu piel, finísima, sutil, casi irreal bajo el rozar de mi boca,
y te siento del otro lado, inasible, imposible, rehusada,
detrás de tu frontera preciosa, de tu mágica piel inviolable,
separada de mí por tu superficie delicada, por tu severa magnolia
cuerpo encerrado débilmente en perfume
que me enloque de distancia y que, envuelto rigurosamente,
como una diosa de mí te aparta, bajo mis labios mortales.
Déjame entonces con mi beso recorrer la secreta cárcel de mi vivir,
piel pálida y olorosa, carnalidad de flor, ramo o perfume,
suave carnación que delicadamente te niega,
mientras cierro los ojos, en la tarde extinguiéndose,
ebrio de tus aromas remotos, inalcanzables,
dueño de ese pétalo entero que tu esencia me niega.


Vicente Aleixandre

1898-1984

miércoles, 13 de marzo de 2013

Mar muerto


Mar muerto

¡Cuántas veces sabiendo
que eras tú, yo caía
en tu misma sonrisa,
mar abierta, mar plana,
estival, pez, sacando
tus palabras conmigo!
¡Qué nadar! Tú no sabes
que ese mar tan arriba
es ya cielo, y que el aire
me sostiene tan líquido,
tan cristal, que yo en él
por tus ojos tan verdes
afilado me pierdo.
¡Qué nadar! Algas, vivas
indecisas miradas.
¡Agua mía, si helada,
aguzándome siempre!
¿No te clavo? ¿No sientes
que un trayecto, una herida
—¡qué lanzada!— en tu pecho,
agua verde, te dejo?
Con justeza te hiendo,
agua suya, y palpitas,
en tu pecho, mar grande,
en tu carne clavado.
Sin sangrar. Las espumas
te resbalan, qué piel,
qué agonía, y me guardas
en tu inmenso destino,
oh pasión, oh mar cárdeno.
Surto. Cesa tu aliento,
desfalleces, mar último,
y te olvidas de todo
para ser, sólo estar.
¡Y qué muerto! Tu verde
tan profundo, reposa
hasta el lento horizonte,
que te cierra parado.
En la orilla te miro,
oh cadáver, mar mío,
y te peso despacio
en tu carne, y mis labios
alzo fríos y secos.

Vicente Aleixandre

(1898-1984)


colores

sábado, 26 de enero de 2013

El último amor



El último amor

I
Amor mío, amor mío.
Y la palabra suena en el vacío. Y se está solo.
Y acaba de irse aquella que nos quería. Acaba de salir. Acabamos de oír cerrarse la puerta.
Todavía nuestros brazos están tendidos. Y la voz se queja en la garganta.
Amor mío…
Cállate. Vuelve sobre tus pasos. Cierra despacio la puerta, si es que
no quedó bien cerrada.
Regrésate.
Siéntate ahí, y descansa.
No, no oigas el ruido de la calle. No vuelve. No puede volver.
Se ha marchado, y estás solo.
No levantes los ojos para mirarlo todo, como si en todo aún estuviera.
Se está haciendo de noche.
Ponte así: tu rostro en tu mano.
Apóyate. Descansa.
Te envuelve dulcemente la oscuridad, y lentamente te borra.
Todavía respiras. Duerme.
Duerme si puedes. Duerme poquito a poco, deshaciéndote, desliéndote
en la noche que poco a poco te anega.
¿No oyes? No, ya no oyes. El puro
silencio eres tú, oh dormido, oh abandonado,
oh solitario.
¡Oh, si yo pudiera hacer que nunca más despertases!
II
Las palabras del abandono. Las de la amargura.
Yo mismo, sí, yo y no otro.
Yo las oí. Sonaban como las demás. Daban el mismo sonido.
Las decían los mismos labios, que hacían el mismo movimiento.
Pero no se las podía oír igual. Porque significan: las palabras
significan. Ay, si las palabras fuesen sólo un suave sonido,
y cerrando los ojos se las pudiese escuchar en el sueño…

Yo las oí. Y su sonido final fue como el de una llave que se cierra.
Como un portazo.
Las oí, y quedé mudo.
Y oí los pasos que se alejaron.
Volví, y me senté.
Silenciosamente cerré la puerta yo mismo.
Sin ruido. Y me senté. Sin sollozo.
Sereno, mientras la noche empezaba.
La noche larga. Y apoyé mi cabeza en mi mano.
Y dije…
Pero no dije nada. Moví mis labios. Suavemente, suavísimamente.
Y dibujé todavía
el último gesto, ese
que yo ya nunca repetiría

Vicente Aleixandre (1.898 - 1.984)

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